Apagué mis notificaciones y me quedé sin amigos
En las últimas tres semanas, cinco personas en la vida real me han preguntado si estoy enojado. Como si estuviéramos en secundaria. Y no lo estoy… pero sé que lo parezco. Mi comportamiento ha cambiado mucho últimamente. Por ejemplo, la última vez que respondí un mensaje fue hace 5 días.
¿Qué pasó? Que hace seis meses le quité a mi celular todas las notificaciones que no fueran de mi familia. Y no me arrepiento. Lo siento, mundo exterior, llegué mi límite de bots, fake news, grilla política, hashtags, algoritmos amañados y apps diseñadas para mantener a mi cerebro dándole reload a todo. Resulta que hay un montón de información en el universo. El cambio, para mí, era inevitable. Necesitaba recuperar el control sobre a qué le pongo atención… y no me gusta meterme en la vida de la gente pero creo que todos deberían estar ocupándose de lo mismo.
No sé si mi generación se está haciendo como que no ve nada o si realmente no lo ve, pero si lo piensan, los nuevos medios y las compañías de tecnología nos están idiotizando mucho más de lo que nos idiotizaba Televisa y el fútbol.
En mi caso, como no me gusta sólo quejarme, dije OK bye. Entre amigos, conocidos, contactos de trabajo, updates y recordatorios, mi celular había pasado de ser una herramienta invaluable a una constante fuente de estrés. Estaba tan acostumbrado a escuchar el sonido de alerta que no notaba el efecto negativo que estaba teniendo en mí: tedio, cansancio crónico y muchas ganas de que todos me dejaran en paz.
Lo que sucedió inmediatamente después de ponerle mute al mundo fue que me encontré con más tiempo libre del que estaba acostumbrado. Esto suena bien en teoría pero al principio esto me daba ansiedad y me hacía desbloquear el celular cada 5 minutos por pura inercia. El silencio me hacía pensar que desatendía mis obligaciones y que algo terrible podía estar pasando si no estaba constantemente atento a mis contactos y aplicaciones. Como si mis acciones fueran así de importantes.
Afortunadamente, con el tiempo entendí que en realidad casi todas las emergencias son de chocolate y el 90% de las apps sólo nos avientan basura.
Una persona promedio agarra su celular más de 220 veces al día. Quien intente justificar esto como algo útil o positivo claramente está teniendo un episodio maniaco. Entre más usamos el celular, sentimos más ansiedad, menos satisfacción con nuestras vidas y disfrutamos menos de nuestro tiempo de relajación. Y eso es sólo lo que dice la ciencia ahorita. Los verdaderos efectos de esta adicción no van a notarse hasta que nuestros hijos crezcan para ser autobots o asistentes de Siri.
Un efecto incómodo de mi “desconexión” fue el drama que causó entre mis amigos. Casi nadie me lo dijo directamente, pero pude notar cómo muchos se sintieron ligeramente ofendidos de que ya no contestara los mensajes en el momento. De hecho, en el caso de varios contactos, el no tener la presión de contestar rápido hizo que simplemente nunca les contestara.
Con los chats grupales el cambió se notó aún más. Estos son el mercado y el lavadero de nuestros tiempos. Realmente, si al final del día ves 75 mensajes sin leer en el grupo del trabajo y nadie te ha marcado, es una buena indicación de que nadie está trabajando o de que nada importante ha pasado.
Los grupos personales también cayeron como moscas. Después de un par de semanas en mi “retiro de silencio” me empecé a perder de los chistes privados y de los lols del día. Y esto puede sonar horrible pero tengo que admitir que no sentí nada. No los extrañé. Me di cuenta que los sucesos en las vidas de mis amigos ya no me importaban tanto como antes. Después de todo, tengo más de 30 años y mi propia familia. Las prioridades cambian. Los amigos se alejan con el tiempo. Es normal.
Hacemos más y más amigos hasta que cumplimos 25 años. A partir de esa edad, el número de personas que dejamos que nos acompañen en la vida se va haciendo más pequeño. A los 25, contactamos frecuentemente a alrededor de 19 personas. Para cuando tenemos 39, contactamos a 12. Cuando llegamos a los 80, nos quedamos con 6… y la mayoría son hijos y nietos (y supongo que enfermeras).
Tener esto en cuenta resultó ser una oportunidad para filtrar a personas en mi vida que no estaban aportando lo suficiente como para seguir dedicándoles tiempo. No lo hice con intención, fue algo de lo que me di cuenta después y que no pude ignorar. La gente cuesta energía tanto en vivo como en línea y uno no puede estar desperdiciándola a diario y además esperar tener una vida plena. Al poner un filtro de personas, tenemos la oportunidad de decidir quiénes son los que suman algo a nuestro día y fomentar con ellos mejores relaciones. Calidad sobre cantidad. Eso es lo que busco ahora.
Muchos en sus teens y en sus 20’s no estarán completamente de acuerdo con todo esto. No los culpo. Yo tampoco lo hubiera creído. Yo era de los que pensaban que estar conectado a la “super carretera de la información” me hacía pensar mejor, ser más inteligente y llegar a conclusiones más rápido. Sólo lo último era cierto. Todas mis conclusiones llegaban en segundos, después de un par de búsquedas en Google o redes sociales. La trampa ahí era que me había convertido en una extensión del algoritmo y como éste está diseñado ante mi propia imagen, dejé de darme cuenta de que estaba ahí. De hecho, el algoritmo ya se parece tanto a mí que llegué a pensar que era yo. Durante años creí que era mi decisión abrir Twitter o Instagram 10 veces al día.
Suena horrible pero no hay salida. O más bien, la única salida es demasiado radical para la mayoría: comprar un celular de los antiguos y sólo usarlo para llamadas y mensajes cortos. El celular idiota (a diferencia del smartphone) es sinceramente el único medio por el que veo que podríamos obtener los beneficios de la era de la información sin caer en la red de consumo compulsivo de la que ahora es parte.
Eso… o sólo apagar las notificaciones, como hice yo. Lo recomiendo. No va a pasar nada. Al menos a mí no me pasó nada y estoy seguro que la mayoría podría vivir con un celular inteligente sin convertirlo en un objeto más inteligente que uno mismo. Podemos sucumbir al algoritmo parcialmente dándole nuestra información pero no nuestra completa atención. Es el mejor insulto posible: utilizarlo e ignorarlo al mismo tiempo. En mi opinión, es el modo más inteligente de ganarle a Silicon Valley en su propio juego.